CONAN: Sombras Eternas en Khal-Turath [Reseña]

Llegué al trabajo de David Palmer casi por accidente, mientras traducía y revisaba los relatos de Conan. ¿Por qué? Porque tengo la costumbre de buscar referencias visuales para personajes, monstruos o arquitectura que describen los textos; me gusta saber cómo otros imaginan lo que yo estoy leyendo. De esta manera tan casual (en el propio listado de imágenes de Google) di con un juego de cartas llamado Crónicas Nemedias. No sabía nada de él, pero esa estética antigua (me recordaba de verdad a juegos de cartas ochenteros) captó mi atención al momento.

No tardé en contactar con David. Quería saber un poco de su proyecto, qué era eso de Crónicas Nemedias (editado bajo el sello Leyendas de Hiboria), y explorar alguna posible colaboración. Y es que Palmer es de esos autores que se lanzan al diseño y a la autopublicación: esa clase de iniciativas que nacen por la pasión al oficio, a los juegos y, por supuesto, a los personajes y mundos creados por Robert E. Howard.

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Tal filosofía es lo que dota de autenticidad a este tipo de proyectos: fuera de las marcas comerciales enfocadas al consumo de masas; fuera del objetivo de aprovecharse del afán coleccionista de los fans.

Pero su labor no se resume únicamente a las cartas o dados, sino también a la escritura. Conan nació hace ya casi un siglo, y ha pasado por tal cantidad de manos y se han escrito tantos y tantos pastiches por todo el globo terráqueo que, si apilásemos ese papel, la columna resultante podría hacernos pensar que ya no hay nada más que contar del personaje, ¿verdad? Pues no. Palmer recoge el testigo de los mitos hyborios para ofrecernos una nueva historia con mucho sabor howardiano. Se llama Sombras Eternas en Khal-Turath, y ya desde el primer párrafo se intuye que hay “chicha”. ¡Vamos a ello!

Sombras Eternas en Khal-Turath

“La noche se cerraba sobre el puerto de Messantia. Las lámparas de grasa parpadeaban en los muelles, ahogadas por la oscuridad. Las aguas aceitosas reflejaban barcos anclados en la lejanía, sombras inmóviles de madera y vela. Un viento salobre traía el hedor de pescado podrido, algas muertas y hierro.”  —David Palmer, Sombras Eternas en Khal-Turath.

Reconozco que, como traductor de Howard, es difícil despegarme de la faceta comparativa cuando tengo algo de Conan en mis manos. Han sido tantas horas de lecturas, que el detector interno sabe reconocer que cosas sí y que cosas no son propias del autor. En el caso del libro que nos atañe, es sorprendente el empeño por adecuarse al estilo Pulp de Howard, y a esa escritura barroca y preñada de adjetivos propia del maestro texano.

Sombras Eternas en Khal-Turath es un libro breve de 138 páginas. Se reparten en seis capítulos más un prólogo, lo que equivaldría a un relato largo, o novelilla, del tipo “El Pueblo del Círculo Negro” o “El Oscuro Visitante” (The Black Stranger), con mucha acción, ruinas, criaturas, sangre y todas esas cosas que le pueden gustar a un lector del bárbaro cimmerio.

En él, Palmer nos sitúa en Messantia, capital de Argos, donde Conan acaba de reclutar a un grupo de piratas barachanos, con el fin de asaltar un barco mercante que fondea próximo al puerto.  Y de entre ese grupo de indeseables surge una figura, Yelira, capitana del Águila Negra, poseedora de un extraño medallón y de una propuesta para nuestro bárbaro: saquear Khal-Turath, un extraño templo situado en lo más profundo de una selva letal.

libro conan khal turath

Evidentemente Yelira no revela lo que sabe en su totalidad, y empuja a los personajes a una empresa mortal que los lleva a través del mar hacia una isla no cartografiada, donde sus habitantes son de todo menos hospitalarios, y en la que tendrán que valerse de sus habilidades en combate y destreza para poder escapar vivos.

La novela contiene todos los ingredientes propios de un relato de Conan: atmósfera asfixiante, aventura, entidades lovecraftianas, oscuridad y templos. El exotismo del Pulp está muy bien reflejado.

El relato no está únicamente centrado en el cimmerio, sino que gran parte del protagonismo recae sobre Yelira, la capitana, además de en Ngowa, un guerrero kushita, a lo largo de los tres escenarios principales de la historia: Messantia, el Águila Negra y la Isla.

Los escenarios, desde mi perspectiva, es lo mejor de la obra; evocan perfectamente esos territorios misteriosos y primitivos de la Era Hyboria: ruinas antediluvianas, cultos extraños y razas prehumanas. De hecho, a la memoria me venían relatos como “El Estanque del Negro” y “La reina de la Costa Negra”, así como la siniestra ambientación del África de Solomon Kane. Sombras Eternas en Khal-Turath se acopla perfectamente al imaginario de Howard, aunque la falta de una recreación mayor en los elementos arquitectónicos (monolitos y estructuras), sí la he echado en falta. En los relatos de Conan, gran parte de la magia emana de esos edificios que nadie sabe de dónde han salido; del silencio y la soledad que transmiten, los cuales crean una atmósfera opresiva y de siniestra calma. Howard describe con mucho ahínco formas y materiales que de algún modo están fuera de lugar, transmitiendo al lector la extrañeza de lo ajeno.

Por otro lado, la historia tiene buen ritmo, la lectura es ágil (me la leí de una tacada), con sus ligeros altibajos. Pero al ser un encadenado continuo de acción, los detalles pueden llegar a diluirse en ese marasmo de espadazos y diálogos. Desde mi perspectiva, la acción podría haberse concentrado en momentos determinados, y reservar otros más pausados (esos que crean verdadera tensión) para recrearse en detalles a los que se les podía haber sacado más provecho, como a la raza de nativos, los thotis, a sus rituales de invocación y adoración, a la extraña e inquietante criatura gigante sin ojos, o a la deidad. Elementos, todos ellos, con un potencial enorme.

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Luego, tanto la forma de narrar como los diálogos tienen el carácter tajante y lacónico de Howard (las conversaciones son casi escupitajos), y esa forma ruda de hablar, aunque las expresiones de Conan me recuerdan más a las de Momoa en la película Conan el Bárbaro (así que sí, mujer; …no me inquieta, mujer…) que al original. Esto en parte está bien traído, pero necesita ser balanceado. Por lo general, el carácter agreste de Conan suele contrastar con la calidez de sus compañeras femeninas, incluso el de las aguerridas Bêlit o Valeria, donde el fuego y el agua se armonizan, y dan como resultado escenas tan bellas como las de la cubierta del Tigresa en el Zarkeba. No porque una mujer sea femenina necesariamente es débil.

El punto negativo de Sombras Eternas en Khal-Turath se lo voy a dar al personaje de Yelira. A mi parecer carece del carisma y la pasión natural de un líder, confundiendo despotismo con liderazgo y seguridad con soberbia, y hace que me sea imposible empatizar con su causa. El liderazgo nace del respeto, la admiración y la confianza que ponen los demás en una persona; alguien a quien se ve capaz de guiar al grupo al éxito, tanto a la hora de encabezar un saqueo, como para escapar de una masacre. Si a un equipo se lo trata a latigazos, el fruto serán las traiciones.

Con todo y con eso, Sombras Eternas en Khal-Turath me parece una buena lectura, rápida y de fácil digestión; perfecta para una tarde lluviosa o una noche de verano, que ofrece con creces todo lo que un relato de Conan merece. Es una novela escrita desde el respeto al personaje y a las obras de Howard, emulando con soltura el estilo del Pulp original.

Tapa dura satinada y papel crema, 100% autoeditado con el esfuerzo que eso requiere, y mucho mimo entre sus páginas. En la carátula pone número 1. Esperemos que siga la colección. Palmer promete.

foto firma miguel gonzalez monje

Miguel González Monje

«Cuando no tengo nada que hacer, escribo cosas…»

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